
Lucila –nombre ficticio, historia real – no tiene más de 25 años. Es representante de 3 niños de una escuela de Fe y Alegría en el oriente del país. “Es muy joven”, comento a la maestra. ”Ella es la hermana mayor. A la madre la mató el esposo celoso hace dos años. Está en la cárcel y ella se hizo cargo de las pequeñas”. No es el único caso de orfandad a causa de la violencia, ya sea de género, o ya sea de parte del hampa sin contención que afecta, sobre todo, a las comunidades populares.Todavía tengo en mi mente a los 7 niños que quedaron sin padre entre enero y febrero de este año en centros de Fe y Alegría del Municipio Libertador.
Este tema nos está preocupando en la institución: los huérfanos por esta guerra no declarada pero que mata. No hablamos de Siria. Recuerdo un caso de unas hermanitas que estudiaban 5 grado en una escuela parroquial en Ciudad Guayana. A su edad, en tres años habían perdido a su padre -muerto en un atraco-y a su madre – muerta por un enamorado celoso-.Las adoptó la abuela. Una de ella me dijo que quería ser abogado,para poner preso alasesino de su madre, a quien conocía y sabía que estaba suelto.
Estamos recogiendo datos para saber a cuánto asciende esta población en nuestros centros centro, sabemos que requieren atención especial.Hemos comenzado un plan de formación para acompañar a víctimas dela violencia con Médicos Sin Fronteras. Tanto Madres Promotoras dePaz como maestros y orientadores están asistiendo a un curso en Caracas, pero la idea es replicarlo en el interior. Necesitamos herramientas para ayudar a estos niños y niñas,cada vez en mayor númeroen este país.
Hay otros huérfanos: loshijos de hombres y mujeres privados de libertad por diversos delitos. La verdad es que no había visto esta aristadentro de los nuevos problemas que los educadores debemos enfrentar, pero melo hizo notar una Directora deun plantel que está cerca de un penal.Alpreguntarle cuántos huérfanos por la violencia teníamos en su colegio,me preguntó si no entraban ahí los hijos de presas.También se quedan sinmadre o sin padre y con un agravante:lesda pena decirlo, esconden la situación. También ellos necesitan atención especial para crecer en resiliencia.
¿A dónde pueden acudir estos niños? Hay pocas opciones. Ni Barrio Adentro- los pocos módulos que quedan funcionando – ni los CDI cuentas con psicólogos o psiquiatras. En los hospitales donde existen servicios de Salud Mental están repletos, y tampoco las Defensorías ni los Consejos de Protección suelen tener estos especialistas. En Venezuela no hay Políticas Públicas políticaspúblicas para proteger a NNA de las secuelas de la violencia y el delito. Por eso, en Fe y Alegría, con más de cien mil estudiantesmenores de 18 años, nos vemos en la necesidad de buscar alternativas para extender una mano a estas víctimas. Acompañarlos adecuadamente es un paso. Tenemos también que hacer alianzas para que los casos más graves puedan recibir ayuda especializada. Y junto a otros, insistir en la exigencia para que se elaboren programas al servicio de todos los NNA que lo necesiten. Los que toman las decisiones en este país tienen que revisar las prioridades, y los ciudadanos recordar cuáles deben ser esas prioridades: los NNA primero.
Luisa Pernalete
